«Rufián es más español que la cabra de la Legión», diu en Ramon Cotarelo

El Gabriel más o menos Rufián

El protavoz de ERC, Gabriel Rufián./Virginia Carrasco
El protavoz de ERC, Gabriel Rufián 

El portavoz de Esquerra en el Congreso escenifica durante el debate de investidura el giro hacia al pragmatismo de la formación republicana

A Gabriel Rufián le han llovido críticas muy duras en Cataluña, mientras que en Madrid le han alabado y han descubierto a un político alejado del histrionismo del que hacía gala en la pasada legislatura. JxCat ha aprovechado el discurso templado y conciliador del portavoz republicano en el debate de investidura para cobrarse la venganza contra uno de los máximos responsables de que Carles Puigdemont no diera marcha atrás y siguiera adelante con la declaración de independencia. Aún se recuerda su mensaje en Twitter: «Ciento cincuenta y cinco monedas de plata». El Judas ahora es él. O aún peor, el «pagafantas», según Albert Batet, portavoz de JxCat en la Cámara catalana. «Rufián es más español que la cabra de la Legión», señaló Ramón Cotarelo, profesor universitario entregado a Puigdemont.

Rufián ha desplegado esta semana un estilo parlamentario desconocido hasta la fecha, sobre todo en la pasada legislatura, en que su tono estuvo marcado por la gesticulación, la descalificación y cercano a la mala educación. Mientras hizo tándem con Joan Tardà, hizo de ‘poli malo’. Ahora es el número uno del grupo parlamentario y ejerce de ‘poli bueno’ y hasta de «mediador» entre PSOE y Unidas Podemos. Se ha tomado tan en serio su papel de diputado en las Cortes, que hasta admite que no es independentista. «No soy soberanista ni independentista, soy de izquierdas y republicano», dijo en un cara a cara con Juan Carlos Monedero en la sede de la Generalitat en Madrid el mes pasado.

Su defensa de la cantante Rosalía y del castellano, su afición por el Espanyol, el Real Madrid y la ‘Roja’ le sitúan ya como ‘botifler’ (traidor) mayor de Cataluña, cuando no hace mucho avisaba que su estancia en el Congreso sería solo de 18 meses (los que se supone que duraría el ‘procés’ hacia la independencia), o era expulsado por Ana Pastor por llamar «hooligan y fascista» a Josep Borrell. Se encaró con Aznar en una comisión de investigación en la Cámara baja, al que llamó «señor de la guerra», miembro de un «cártel» y presidente de un partido «fundado por golpistas del año 36». «Saque sus sucias manos de Cataluña», espetó a Mariano Rajoy. Exhibió unas esposas desde la tribuna y hasta una impresora. Pero el martes y el jueves fue distinto. Se estrenó como jefe de filas, renegó del ofensivo ‘España nos roba’ y hasta citó a Unamuno. ‘Rufi’, según le llaman en el partido, remató el giro al pragmatismo de Esquerra absteniéndose en la investidura de Sánchez, al que sus socios de JxCat tildan de «represor» y un «carcelero». Solo un voto negativo puede mantener la «dignidad del pueblo de Cataluña», cargó Puigdemont.

Su defensa de la cantante Rosalía y del castellano, su afición por el Espanyol, el Real Madrid y la ‘Roja’ le sitúan ya como traidor mayor de Cataluña

Rufián y Esquerra han cambiado, porque la política catalana no es la misma que en 2017. Los republicanos fueron la primera formación secesionista que llegó a la conclusión de que tras la fase unilateral de la pasada legislatura, que culminó con la declaración de independencia, la aplicación del 155 y la entrada en prisión de los líderes del ‘procés’, era necesario abrir una nueva etapa. Poner las luces largas, regresar del «independentismo mágico», según la expresión que acuñó Rufián, a la política real, y tratar de ampliar la base soberanista.

La nueva Convergència

Todo responde a un plan. Esquerra quiere convertirse en la nueva Convergència. El partido de Cataluña. Aquella formación que lo ganaba todo y que con Jordi Pujol y Artur Mas gobernó la Generalitat durante casi tres décadas. No solo eso. Era la fuerza de referencia del catalanismo en Madrid. Convergència tenía un doble discurso: uno en Barcelona, más soberanista, y otro en Madrid, de fuerza sensata, dispuesta a apoyar la gobernabilidad. Este es el rol que quiere jugar ahora el portavoz republicano. Ser relevante en el Congreso para forzar al futuro presidente del Gobierno a abrir una negociación con el independentismo. El objetivo de ERC es el Palau de la Generalitat, y ha llegado a la conclusión de que solo llegará desde posiciones más moderadas. Por eso marca distancias con JxCat, formación muy identitaria e instalada en la radicalidad con Puigdemont y Torra.

Esquerra huye de ese nacionalismo romántico porque entiende que sin una presencia relevante en el área metropolitana de Barcelona, que es mayoritariamente castellanohablante y donde JxCat y ERC tienen una representación muy residual, no podrá ser una fuerza mayoritaria. Rufián, nacido en Santa Coloma de Gramanet y residente en Sabadell, es su baza en toda esta zona.

De momento, los electores están avalando el giro al pragmatismo de los republicanos: ganaron las elecciones generales y las locales y municipales y las encuestas les sonríen. En septiembre, ratificarán a su actual cúpula, encabezada por Oriol Junqueras (en prisión) y por Marta Rovira (huida en Ginebra). Junqueras será previsiblemente inhabilitado con la sentencia del Supremo y ambos dirigentes se mantendrán como líderes morales, mientras Pere Aragonès, Marta Vilalta, Sergi Sabrià y Roger Torrent seguirán pilotando el día a día. Esquerra lleva meses presionando a Torra para que convoque elecciones. Su temor es que la convulsión social por la sentencia les impida seguir distanciándose de sus socios de JxCat y continúen atrapados en las llamadas a la unidad, que no son más que envolventes de Puigdemont y Torra para evitar que los republicanos busquen socios alternativos